viernes, 16 de febrero de 2018

Tobillos, calcetines, y una pizca de idiotez

As cores do Fabrizzio (2) As cores do Fabrizzio


Estas fotos no son nuevas. Las publiqué aquí el 14 de junio de 2011, habiendo sido tomadas días antes en Madrid, pero precisamente el 10 de junio. La primera conclusión – poco favorable hacia mi persona – es que, en pleno día Portugal y de las Comunidades Portuguesas, iba paseando por la capital del reino que más atentó contra la soberanía portuguesa. La segunda – aparentemente insignificante pero de relevancia científica estos días – tiene que ver con la relación entre el aspecto  primaveral/estival de Fabrizio y el tiempo que hacía en Madrid. Según este informe meteorológico, a las 11:59 h, hora en que tomé estas fotos, estaríamos 21°C. Siendo que la temperatura máxima en Madrid, el 10 de junio de 2011, llegó a los 25°C.

El orden de las fotos en la publicación original es precisamente contrario al de hoy. Porque visualmente hablando, el detalle no se antepone al todo. Y porque humanamente hablando, por muy impresionantes que fueran los zapatos, tendría que haberme importado más la identidad de quien los eligió, que la elección en sí misma. Hoy las circunstancias son otras. La semana pasada, tal vez la más fría que Portugal haya visto este invierno. Los planes de contingencia de Lisboa y Oporto fueron activados, estaba nevando en Madrid y creo que, a estas horas, Fabrizio tendrá los brazos y pies debidamente resguardados.

Esta madrugada estaba en la Estação do Oriente (Lisboa) esperando el tren que me llevaría a Porto. Delante de mí tenía una serie de personas abrigadas de todas las formas  posibles e imaginarias. Gorros, guantes, estolas, bufandas. Jerséis de cuello alto, pantalones de pana, abrigos forrados con piel de oveja. Algunos de los que llevaban estas prendas iban, sorprendentemente, con los tobillos desnudos. En algunos casos con calcetines cortos (cuya extremidad era posible vislumbrar, entre los zapatos y la piel), en otros la sensación era que no había calcetines en absoluto (pero les doy el beneficio de la duda: los calcetines serían lo suficientemente cortos como para no ser vistos por encima de los zapatos).

Cada uno de nosotros tiene una percepción propia de lo que es caliente o frío y del calor o fresco que siente. Cada uno tiene sus termómetros y termostatos (hay incluso quien permanece indiferente a temperaturas extremas) y alguno de nosotros seguro ha pensado alguna vez si iba  vestido de más o de menos para la ocasión, ya sea social o climatológica. Pero no me refiero a nada de esto. A lo que me refiero es a una tendencia visual de la ropa que, para mucha gente, se superpone a la razón de ser de la propia ropa. Me aventuré a hacer algunas preguntas sobre la desnudez de los tobillos en pleno invierno... Las respuestas alternaban entre una corriente negacionista ("no, no tengo nada de frío") y la esclavitud estética ("no puedo verme de otra forma"). ¿En común? Una ligera sensación de malestar cuando se les pregunta. Generada, creo, por el reconocimiento interior de lo ridículo que es dar vida a esta expresión visual con temperaturas cercanas a cero.

¿Qué si hay azotes más graves en el mundo que una parte de la humanidad finja no sentir frío en el mismo sitio que tantas veces se ocupó de proteger? Seguramente. Mientras que no sean responsables de congestionar las urgencias de los hospitales, o del colapso del Servicio Nacional de Salud, los tobillos de unos no interfieren en la vida de los otros. ¿Y no son estas personas libres de hacer lo que quieran? Claro que lo son. Pero cuando millones de personas por todo el mundo, por razones de naturaleza estrictamente visual, "dejan de tener frío" en la misma zona del cuerpo que se han esforzado por abrigar durante toda una vida, algo está mal. No deja de ser curioso que, en tiempos de libertad y autodeterminación sin precedentes, seamos todos tan ovejas y... que me perdonen aquellos a los que tengo cariño y aquellos a los que nunca he visto... tan profundamente idiotas.


P.D.: A pesar de la irrelevancia de estos hechos, aquí los comparto. Hace 20 años, no había calcetines cortos. Recuerdo doblarme los calcetines de tamaño normal para que – cuando iba con pantalón corto – las cañas del calcetín no se vieran por encima de las zapatillas que, desprovistas de su función, se quedaban abandonadas al estado de ruido visual (anulado por dicho doblez). ¿No te lo dije?  Te lo digo ahora. Buena parte de mis calcetines son cortos. Pero repito: esa no es la cuestión (creo que insulto más al lector al sentir la necesidad de explicarme, que corriendo el riesgo de llamarle idiota). También tengo un montón de gorros en casa y no por eso los llevo a la playa en pleno verano. 

1 comentario:

Conchi Llamazares dijo...

Me gusta que publiques está reflexión. Son tiempos extraños, donde la forma sustituye al fondo. En estos días de temporal en el norte de España he observado a gente (joven) con calzado de tela de verano, sin calcetines y con sudadera de algodón, atuendo de primavera, cuando más llovia y granizaba Algo no va bien.